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miércoles, 3 de diciembre de 2014

NO QUIERO SER YO


Es posible que, muchas veces,  en nuestro diario camino se atraviese un ser que  ha sobrevivido al  dolor de una infancia vivida bajo un régimen  que todos conocemos como cruel y devastador.

Es esta la historia de Julius, un niño judío que nació en Israel en el año 1920,  en un hogar feliz. Después de un tiempo él y su familia fueron a vivir a Polonia,  por un traslado de su padre, un reconocido odontólogo quien le enseño todas las técnicas para lograr un trabajo perfecto.

Julius siempre jugaba al odontólogo con su perro adir, que además de ser su paciente lo acompañaba a todas partes , su madre Sahara, hermosa profesora de educación física en la  escuela primaria, también lo alentaba siempre para que fuera el mejor deportista y corredor.

Estos años felices llegaron a su fin cuando Julius tenía 19 años, época en la cual  Alemania invadió a Polonia  en el año de 1939;  empezaron los ataques despiadados y crueles de los nazis,  de los que Julius pensaba ese ¡no quiero ser yo!,  con los Judíos.

Fue entonces cuando en medio de la confusión y las atrocidades, el padre de Julius lo escondió advirtiéndole que se quedara quieto para luego correr hacia el bosque lo más rápido que pudiera para huir de aquella situación,  así como lo había entrenado su madre.

Así fue que Julius vio que en la noche era más seguro huir y corrió al bosque. Pasaron varios días, corría durante la noche y descansaba durante el día,  escondiéndose entre la vegetación.

El joven se sentía débil, con hambre, desfallecido, casi sin ganas de vivir. Una noche, sintió pisadas muy cerca y asustado se sumergió en un arroyo, escuchó que el ruido se acercaba más y más, cuando de pronto sintió que algo muy fuerte salto sobre él y al abrir los ojos no podía creerlo, allí estaba adir, su amado perro, su amigo de siempre, los dos salieron del arroyo sollozando de alegría, adir también estaba muy débil pero la alegría de estar juntos les dio ánimo para continuar.

El cansancio y la falta de comida los hacia desfallecer pero, Julius,  sabía que debían seguir adelante, aunque no sabía a donde llegarían y siempre pensaba “no quiero ser yo”.

Un día, el joven divisó un color que no era verde, era naranja, parecía ser un techo, sin pensarlo dos veces corrió como pudo hacia el, a pesar de presentir que podría ser su muerte, toco a la puerta y un anciano alemán los miró con asombro y luego con compasión, los invito a entrar y les sirvió comida, agua y le proporcionó ropa al joven.

Julius le conto, al amable anciano, toda la historia. Lloraba al pensar que sus padres podían haber sido fusilados. El anciano lo consoló y en un sótano  improvisado e inadvertido,  le ofreció un lecho.
Al día siguiente lo llevó a un sitio donde estaban otros judíos, y  en donde,  desafortunadamente sus padres no estaban.

Al llevar tanto tiempo combatiendo en los bosques, Julius percibió que los judíos  tenían la dentadura en mal estado y  con mucho dolor,  pensó ese “no quiero ser yo”  fue así como  recordó y acudió a todas las enseñanzas de su padre y las puso en práctica   utilizando algunos instrumentos y medicinas que el grupo había robado.

Todos estaban muy contentos con la llegada del joven Julius. Pasaron varios años, y  con la esperanza de reencontrarse con sus padres. Un día,  cuando debían aprovisionarse de medicinas,  decidió que iría con ellos a robar algunos elementos, esta era una nueva oportunidad para buscar, de alguna manera, a sus padres.

En el camino hacia Polonia, escucho que una mujer escondía niños judíos, y que luego los ubicaba en hogares cristianos para salvarlos de los alemanes. Esto le llamo la atención y  pensó que  podría ser su madre, así que   alentó a sus compañeros para que no desfallecieran en la búsqueda de ayuda.

Por el camino combatieron con los nazis que encontraban, y en las noches contaban sus historias  y recordaban que el hambre les obligaba a comer animales muertos por enfermedad,   de regreso a sus casas les dolía ver los cuerpos de sus familiares que   yacían helados en el suelo y Julius pensaba “ no quiero ser yo” ya que no perdía la esperanza de reencontrarse con sus padres.

Al llegar a un albergue en donde estaba una mujer que ayudaba a los niños, a Julius se le vino a la mente que podría ser su madre, y corrió con alegría hacia ella y al verla de frente reafirmo sus pensamientos y la abrazo fuerte  y su madre llena de emoción, con lágrimas en sus ojos y muy sorprendida por ver que adir, su amigo fiel, había acompañado a su adorado hijo en todo su caminar, también lo abrazo.

Llegó el año de 1945,  el fin de la segunda guerra mundial. Julius, su madre Sahara y su perro adir estaban juntos.

Gracias a la Cruz Roja internacional pudieron encontrar a su padre y muy felices decidieron regresar a su pueblo natal Israel a reconstruir su vida como una buena  familia unida.


FIN

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