Es posible que,
muchas veces, en nuestro diario camino
se atraviese un ser que ha sobrevivido
al dolor de una infancia vivida bajo un
régimen que todos conocemos como cruel y
devastador.
Es esta la historia
de Julius, un niño judío que nació en Israel en el año 1920, en un hogar feliz. Después de un tiempo él y
su familia fueron a vivir a Polonia, por
un traslado de su padre, un reconocido odontólogo quien le enseño todas las
técnicas para lograr un trabajo perfecto.
Julius siempre
jugaba al odontólogo con su perro adir, que además de ser su paciente lo
acompañaba a todas partes , su madre Sahara, hermosa profesora de educación
física en la escuela primaria, también
lo alentaba siempre para que fuera el mejor deportista y corredor.
Estos años felices
llegaron a su fin cuando Julius tenía 19 años, época en la cual Alemania invadió a Polonia en el año de 1939; empezaron los ataques despiadados y crueles
de los nazis, de los que Julius pensaba
ese ¡no quiero ser yo!, con los Judíos.
Fue entonces cuando
en medio de la confusión y las atrocidades, el padre de Julius lo escondió
advirtiéndole que se quedara quieto para luego correr hacia el bosque lo más
rápido que pudiera para huir de aquella situación, así como lo había entrenado su madre.
Así fue que Julius
vio que en la noche era más seguro huir y corrió al bosque. Pasaron varios
días, corría durante la noche y descansaba durante el día, escondiéndose entre la vegetación.
El joven se sentía
débil, con hambre, desfallecido, casi sin ganas de vivir. Una noche, sintió
pisadas muy cerca y asustado se sumergió en un arroyo, escuchó que el ruido se
acercaba más y más, cuando de pronto sintió que algo muy fuerte salto sobre él
y al abrir los ojos no podía creerlo, allí estaba adir, su amado perro, su
amigo de siempre, los dos salieron del arroyo sollozando de alegría, adir
también estaba muy débil pero la alegría de estar juntos les dio ánimo para
continuar.
El cansancio y la
falta de comida los hacia desfallecer pero, Julius, sabía que debían seguir adelante, aunque no
sabía a donde llegarían y siempre pensaba “no quiero ser yo”.
Un día, el joven
divisó un color que no era verde, era naranja, parecía ser un techo, sin
pensarlo dos veces corrió como pudo hacia el, a pesar de presentir que podría
ser su muerte, toco a la puerta y un anciano alemán los miró con asombro y
luego con compasión, los invito a entrar y les sirvió comida, agua y le
proporcionó ropa al joven.
Julius le conto, al
amable anciano, toda la historia. Lloraba al pensar que sus padres podían haber
sido fusilados. El anciano lo consoló y en un sótano improvisado e inadvertido, le ofreció un lecho.
Al día siguiente lo
llevó a un sitio donde estaban otros judíos, y
en donde, desafortunadamente sus
padres no estaban.
Al llevar tanto
tiempo combatiendo en los bosques, Julius percibió que los judíos tenían la dentadura en mal estado y con mucho dolor, pensó ese “no quiero ser yo” fue así como
recordó y acudió a todas las enseñanzas de su padre y las puso en
práctica utilizando algunos
instrumentos y medicinas que el grupo había robado.
Todos estaban muy
contentos con la llegada del joven Julius. Pasaron varios años, y con la esperanza de reencontrarse con sus
padres. Un día, cuando debían
aprovisionarse de medicinas, decidió que
iría con ellos a robar algunos elementos, esta era una nueva oportunidad para
buscar, de alguna manera, a sus padres.
En el camino hacia
Polonia, escucho que una mujer escondía niños judíos, y que luego los ubicaba
en hogares cristianos para salvarlos de los alemanes. Esto le llamo la atención
y pensó que podría ser su madre, así que alentó a sus compañeros para que no
desfallecieran en la búsqueda de ayuda.
Por el camino
combatieron con los nazis que encontraban, y en las noches contaban sus
historias y recordaban que el hambre les
obligaba a comer animales muertos por enfermedad, de regreso a sus casas les dolía ver los
cuerpos de sus familiares que yacían
helados en el suelo y Julius pensaba “ no quiero ser yo” ya que no perdía la
esperanza de reencontrarse con sus padres.
Al llegar a un
albergue en donde estaba una mujer que ayudaba a los niños, a Julius se le vino
a la mente que podría ser su madre, y corrió con alegría hacia ella y al verla
de frente reafirmo sus pensamientos y la abrazo fuerte y su madre llena de emoción, con lágrimas en
sus ojos y muy sorprendida por ver que adir, su amigo fiel, había acompañado a su adorado hijo en todo su
caminar, también lo abrazo.
Llegó el año de
1945, el fin de la segunda guerra
mundial. Julius, su madre Sahara y su perro adir estaban juntos.
Gracias a la Cruz
Roja internacional pudieron encontrar a su padre y muy felices decidieron
regresar a su pueblo natal Israel a reconstruir su vida como una buena familia unida.
FIN